02 noviembre 2011

Seriedad.

No siempre la alegría tiene por qué desbordar este blog, hoy toca recordar. Ayer fue el día de Todos los Santos y como es costumbre, recordamos a todos aquellos que ya no están, hoy llega a mi correo un enlace donde se habla de una persona que ya no está, que hace ya muchos años que se fue. Sinceramente yo no lo llegué a conocer, pero con las historias contadas a través de los años, siento como si estuviera a mi lado día tras día: esa persona es

'El Pincha'

Juan Trujillo Bordón


Los trastornos de la memoria, ya habituales, me jugaron una mala pasada en el primer encuentro anual de ex jugadores de la U.D. Telde. En mi alocución apresurada expresé mi reconocimiento a aquellos locos maravillosos que apostaron por mí como entrenador del equipo. Fue así que, paso a paso, desgrané mis gratitudes.

Primero, hacia Manolo Pulido y su junta directiva. Después, a mis colaboradores, de los que tanto aprendí, encabezados por el maestro lanzador de faltas y excelso futbolista, Pedro Martel, mi entrañable amigo del alma. Hice algunas referencias a anécdotas solidarias de diversas plantillas de futbolistas mágicos y, ¿saben qué me pasó por culpa de los inevitables trastornos de la memoria y la necesaria agilidad y apresuramiento del discurso? Pues que me olvidé de Antonio Monzón, “El Pincha”. ¡Tiene bemoles el asunto!

Decididamente, la vejez me jugó una putada imperdonable. Así que esta vez, en la segunda reunión anual del imbatible grupo, me preparé para hablar del Pincha. Y, sin embargo, tampoco lo hice. ¡Eran más de cincuenta, los cabrones, con sus lindas esposas, tan arregladitas, tan seductoras, tan cariñosas…! ¡Estaban tan felices, tan chistosos, tan divertidos, que ni siquiera ellos, que me quieren tanto, merecían soportar uno de mis interminables rollos. Bastante paciencia mostraron cuando, estando activos, soportaban mis comidas el coco, mis inacabables peroratas, con espartano y resignado estoicismo.

Así que, cuando llegó el turno de palabras, me callé como un puto. No lo hice por descortesía a las masocas peticiones que me formularon. Opté por el silencio para preservar la alegría. Y ahora, con más calma, escribiré sobre lo que quería decir la rutilante noche del sábado y no dije para no ser aguafiestas.

Antonio Monzón, “El Pincha”, había sido, pese a su escasa estatura física, un porterazo. Me acuerdo que, siendo niño, en la Sindical, me quedaba atónito viéndole volar por el éter para atrapar balones emponzoñados por la maldad del gol. Aquel pequeñajo veterano parecía tener alas. Y luego, en cuanto fui absurdamente elegido para entrenar a la U.D. Telde -- Pulido se comportó como un loco peligroso fichándome-- le puse la pistola en el pecho y lo obligué a ser el entrenador de porteros, so pena de muerte súbita.

Fue así que durante muchos años, que a mí me parecieron días, Antonio Monzón, “El Pincha”, puso todo su empeño, todo su entusiasmo, más grande que todos los océanos del mundo, en masacrar a nuestros extraordinarios cancerberos. La crueldad del Pincha en los entrenamientos adquirió su más torturadora expresión en Gustavo, la niña de sus ojos, al que nos devolvía, después de las sesiones de entrenamiento, como un zombi irreconocible. Había que hurgar en la capa de tierra y de sudor, convertidos en barro durante la mezcla, para saber de quién se trataba, no fuera a infiltrársenos un espía del Güimar en el vestuario.

El Pincha, como entrenador, era un espectáculo. Igual que Pedro Martel. Yo pasaba por allí, como un desempleado, solazándome con sus maniobras de maestros balompédicos. ¡Qué bien lo pasé, cojones! ¡Cuánto trabajaban aquellos sabios malditos para que yo, los domingos, presumiera estúpidamente de ser un entrenador de verdad! Y Manolo Pulido y su directiva (¡cómo quería yo a Manolo Castro, a Antonio Hernández, a Pepe Julio, a Juan Pérez, a…), encima hasta me pagaban, los muy tontos, por pasarlo en el Hornillo mejor que en el Pachá.

¡Qué gozada, cuántos orgasmos, este fin de semana pasado con tantos amigos, con tantas anécdotas, gracias al trabajo brutal y desinteresado de Miguel Quintana y Juanma, dos organizadores, dos aglutinadores, que si fueran alcaldes, o concejales, harían de Telde la mejor ciudad del mundo! ¡Cómo insisten los jodidos para que acudamos todos! ¡Con decir que hasta Senlle, que vive en el País Vasco, fue el primero en llegar! La pena fue que esta vez no nos acompañara, por legítimos motivos, nuestro buen amigo Paco Santiago, el jugador número doce, que no gastó un duro en el equipo, como tiene que ser, pero que estaba siempre allí, con nosotros, como jugador número doce.

Manolo Pulido tiene una calle. Juan Pérez, otra. Ambas, sumamente merecidas. ¿Y qué hacemos con El Pincha? Yo, para variar, solicitaría un monumento, un busto suspendido en el aire, una paloma mensajera de paz y cordialidad, en la Plaza de San Gregorio! No sé. A lo mejor, además de desmemoriado, estoy un poco loco. Siempre lo estuve. Pero sería bonito que Antonio Monzón, “El Pincha”, se nos mostrara cada día, desde su monumento aéreo, para enseñarnos las virtudes del trabajo, la lealtad, la bonhomía y la sabiduría. Y estoy seguro, me juego lo que ustedes quieran, que Gustavo volvería a ponerse el chándal, dispuesto a volar como el maestro, aunque la gente no supiera que es Gustavo, porque las toneladas de barro impedirían verle la cara, como si de una momia feliz se tratara.

¿Y qué nueva jugarreta o emboscada me prepara mi flaca memoria? Seguro que muchas. Pero, por si acaso, para curarme en salud, lo arreglaré con pocas palabras: gracias a todos los que el sábado pasado, una vez más, me hicieron sentirme entrenador feliz y bien pagado, hábilmente escondido detrás de los que, de verdad, sabían de fútbol: Pedro Martel y “El Pincha”. ¿Cómo no voy a quererles y recordarles cada día, cuando observo mis incompetencias en el delatador espejo de la memoria?


Juan Trujillo Bordón fue entrenador de la UD Telde.


Esta persona antes nombrada y bien alavada "El Pincha", Antonio Monzón no fue otro que mi abuelo. Que esté donde esté siempre está conmigo

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