13 junio 2008

Por ti, amigo. Felicidades

Hoy esta nueva entrada del blog va dedicada a alguien muy especial para mi, un gran amigo que, durante dos años ha sido capaz de aguantarme mis locuras, mis penas y mis arrebatos.... Ahora el destino ha elegido que nuestras vidas sigan diferentes caminos, pero estoy segura que esta amistad perdurará en el tiempo.


Ademas de una gran persona y un gran amigo, es tambien un gran escritor. Prueba de ello es este relato galardonado con el Primer Premio del concurso de relatos cortos organizado por la Asociación Juvenil José Frugoni Pérez. Lean y disfruten:




* No me olvides *






Cuando más intentamos olvidar los momentos dolorosos, más los recordamos. Podemos intentar borrarlos de nuestra historia, apretar

nuestra mente y simular que no sucedieron, o simplemente

podemos obviar el hecho de que alguna vez los vivimos. El caso es que ninguna de esas cosas funciona.

Aún recuerdo cómo aquel veintitrés de febrero, en aquella plaza
desierta, bajo el cobijo de las estrellas, te vi por última vez. La penumbra no
me dejaba verte con claridad, pero para mí, iluminada por la luz de la luna, me
pareciste un ángel. Recuerdo nuestro único y último abrazo, en aquella plaza, en
aquel momento. Aún puedo oler tu dulce aroma, sentir tu piel bajo mi tacto,
notar lo fuerte que me rodeabas con tus brazos, y puedo oír cómo te despedías de
mí. Mentiría si te dijera que esperaba que no me besaras en ese instante. Lo
cierto es que sigo esperando ese beso que jamás llegará.

Todo este sufrimiento empezó desde el mismo día en que me subí a
aquella patera, en busca de “la tierra de las oportunidades”. Al atardecer
estaba listo en la playa, con mis tres cosas en una bolsa y con la última mirada
a mi tierra. Mi madre fue la única que vino a despedirme, a mi padre, que jamás
le he parecido más relevante que mis otros once hermanos, le vi hacer un gesto
con la cabeza antes de salir de mi casa. Tras un último abrazo a mi madre, me
subí en la barca y nos abandonamos a merced de las olas que golpeaban furiosas
contra el casco de la patera. Desde ese momento empezaba la aventura de mi vida
y sólo podía rezar para que ésta no acabara con mi muerte.

Pasaron horas y horas, el frío de la noche nos calaba los huesos.
Muchos compañeros estaban enfermos y caían uno a uno, otros enfermaban por el
camino y tenían el mismo destino que los primeros. Mi amigo Abdul fue uno de los
desafortunados. Al igual que los demás, nos vimos obligados a tirarlos al mar
antes de que el resto de tripulantes nos infectáramos. Con el corazón en un puño
y las lágrimas inundándome la cara despedí al que había sido como un hermano
para mí desde que éramos pequeños, viendo como desaparecía su rostro a través de
las aguas. Esa fue la primera vez que conocí el dolor de la muerte: a los
diecisiete años. Parece increíble, ¿verdad? A los diecisiete años cruzando los
mares en una patera, arriesgando mi vida para buscar trabajo y enviar dinero a
mi familia… El viaje continuó, pero yo no estaba seguro de ir en esa barca…
Estaba ausente, herido, perdido, solo.

Cuando nos acercábamos a la costa, ya nos esperaban. Había mucha gente
en el muelle, incluso vi cómo se acercaba un barco para rescatarnos. Supe en ese
momento que no me podía dejar atrapar, si lo hacía, el viaje habría sido en
vano. Me lancé al agua y nadé hasta ocultarme en las sombras. Tenía miedo, frío,
hambre y estaba débil, pero logré alcanzar la playa, mientras a lo lejos pude
ver cómo a los demás los atendían los médicos, les daban comida y luego los
enviaban a una guagua con un destino incierto. Jamás los volví a ver.

La tierra a la que había llegado era un conjunto de islas que estaban
muy cerca de África, las Islas Canarias. Eran famosas en mi tierra por ser un
puente hacia Europa y porque allí, decían, era tierra de ricos. Vine con la
mentalidad de hacer dinero aquí para ayudar a los de allá, pero pronto me vi en
dificultades para sobrevivir yo mismo. Los isleños no eran demasiado cordiales
con nosotros. Decían que les robábamos sus trabajos y que por nuestra culpa
había aumentado la delincuencia. Esas fueron las primeras palabras que aprendí,
no por que quisiera, sino porque no paraban de repetírmelas.

Habían pasado ya cerca de diez años. Vivía con tres compañeros de trabajo
en un piso en Las Palmas. No sabíamos cuánto tiempo más nos iba a durar el
trabajo en la construcción… Ya hablaba español casi perfectamente, y había hecho
amigos. No fue fácil integrarme ni consideraba que aún lo hubiera hecho, pero de
alguna manera en cada sitio que vayamos, encontramos a alguien que nos acompaña
en el camino. Me acordaba de Abdul con frecuencia y, en parte, por él era que me
levantaba todos los días y luchaba contra la tentación de regresar. Con el
tiempo me di cuenta de que no todos en esa isla eran racistas, había gente
buena, buenas personas que se preocupaban por nosotros. Pero también había gente
mala que lo único que hacía era denunciar la presencia de inmigrantes ilegales
en su bloque, por lo que debíamos huir cada dos por tres para no ser pillados y
repatriados.

Era de noche, las estrellas brillaban como puntitos de gloria en un
cielo completamente oscuro. El viento no corría. Parecía un aliado del destino,
y sabiendo lo que iba a suceder, no apareció. La luna tampoco se dignó a
salir.

Mi segundo encuentro con la muerte comenzó la noche de mi cumpleaños,
que coincide extrañamente con el aniversario de mi llegada a la isla. Había
salido con mis amigos para celebrar los años y calmar el recuerdo de las
tragedias, y no teníamos pensamientos de volver temprano a casa: veintisiete
años no se cumplen todos los días. Esa frase salió de mi boca demasiadas veces
durante esa semana. Éramos cinco y ninguno vimos cómo Luís, mi vecino rico como
le llamábamos, el que conducía, perdió el control del coche hasta que nos
chocamos. Afortunadamente sólo yo fui el perjudicado. Una ambulancia que oía a
lo lejos vino a por mí, aunque yo no era muy consciente de lo que sucedía. Más
tarde, el control de alcoholemia confirmó que Luís no había bebido, que todo
había sucedido porque en la vía había aceite y las ruedas patinaron.

El caso es que ingresé en el hospital inconsciente, con una pierna rota
y llena de cortes, y con un gran golpe en la cabeza. No desperté hasta la noche
siguiente. No encontré a ningún familiar a mi vera, velando por mi sueño,
tampoco lo esperaba: era un inmigrante irregular, y mis amigos tenían prohibidas
las visitas a esa hora. Además, había un guardia apostado en mi puerta. Ya la
carrera había terminado, hasta ahí llegaba mi estancia en la isla.

Cuando desperté, me descubrí en una habitación con vistas al mar. No
tenía compañero de cama, sin embargo una hermosa chica, de mi edad más o menos,
estaba sentada viendo cómo las olas rompían con la costa. Tenía el pelo rubio
dorado, la tez pálida y vestía una adorable inocencia cuando la observaba.

-Hola –le dije a ella al tiempo que inspeccionaba la habitación con la
mirada.

-Hola, ¿te desperté? Lo siento… -exclamó rápidamente al igual que un
niño que confiesa haber hecho una travesura.

-No te preocupes. Ya no duermo mucho. No me esperan sueños agradables
al cerrar los ojos.

-Vaya… lo siento.

-Estoy bien. –me apresuré a decir. -¿Por qué estás aquí?

-Porque desde mi habitación no se puede ver el mar…Si no te
importa…

-Me refería qué tienes –concreté.

-Se acaba mi tiempo y como todo en esta vida, yo también tengo un
final.

-¿Sida?

-Cáncer terminal… Aún conservo mi pelo porque no quise radioterapia,
quería irme tal y como soy.

-Entiendo. Lo siento.

-No tienes por qué. Dime, ¿sabes decir algo que no sea una
pregunta?

-Sí: me duele el pie. –contesté. Fue la primera vez que la oí reír. De
su boca emitió un sonido tan puro y tan bello, que su risa se me contagió, y
pronto reíamos los dos. –Me llamo Ahmed.

-Yo soy Melinda. –dijo estrechándome la mano que a duras penas le
intentaba hacer llegar.

El amanecer nos sorprendió hablando de nuestra infancia, de nuestras
familias y de nuestros sueños. Ella estaba sola en el mundo. Su padre era un
héroe de guerra y su madre había muerto hacía tres años de cáncer también. No
tenía hermanos y sus tíos renegaban de ella porque siempre habían estado
peleados con sus padres toda la vida. Tenía veintidós años, pero aparentaba
otros veinte más en su mirada triste y desvaída, que me había propuesto hacer
desaparecer. Para cuando llegaron los doctores a chequearme, llorábamos de risa
contándole mis anécdotas de principiante de español a mi llegada a la isla. Los
médicos se quedaron sorprendidos. Jamás la habían visto así, me dijeron más
tarde. Ella era para ellos un misterio, una persona que cavaba su propia tumba,
como quien dice, con su propia soledad. Nunca en los meses que llevaba ingresada
le habían visto ni una lágrima ni un amago de sonrisa. Al verla sonreír,
decidieron no sacarme de allí bajo el pretexto de que me tenían que hacer unas
pruebas.

Yo estaba encantado con ella y celebraba verla entrar a mi habitación.
Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien con una chica. Me pareció una persona
encantadora. Lamenté no haberla conocido antes y, al mismo tiempo, esperaba que
no me rechazara por ser negro. Sus ojos verde esmeralda me devolvieron la chispa
que hacía tiempo había perdido con la ruptura de mi anterior novia. Bajo esa
mirada me sentí grande y pequeño, rey y bufón, feliz e infeliz de saber que muy
pronto todo eso se acabaría.

-¿Qué quieres hacer en el futuro? –me preguntó al día siguiente, en una de
nuestras larguísimas conversaciones.

-Pues quiero ganar dinero y poder ver a mi familia otra vez después de
diez años –respondí, pensando que para eso aún quedaba mucho tiempo, y añadí
–Aunque también me gustaría ser escritor.

-Escritor… Así que te gusta leer.

-Me encanta leer, aprendí de mi vecino que también me enseñó a
escribir. Me encantan los libros. Saber que entre esas páginas está recogida
parte del alma de la persona que lo escribió, me hace pensar que tal vez el
final de la vida está donde acaban los recuerdos.

-¿Entonces, según tú, mientras alguien me recuerde, viviré?

-Eso solía decir la anciana de mi pueblo. Quédate tranquila: mientras
no me falle mi memoria, seguirás aquí, a mi lado. No te dejaré partir. –dije
evitando que se notara cómo se me encogía el corazón. Qué duro era encontrar a
la persona adecuada cuando debes despedirte de ella. Pude ver lágrimas en sus
ojos, pero las supo dominar y continuó.

-Cuéntame un cuento. Uno que nadie sepa y que no hayas leído o
escuchado: improvisa para mí. Quiero ser la primera en descubrir al próximo
premio Planeta.

No podía ofrecerle cualquier cosa, tenía que ser algo especial, algo
que me ayudara a decirle que valoraba su coraje y sin darme cuenta le terminé
diciendo que mi corazón le pertenecía.

-Ésta es la historia de dos locos enamorados que se conocieron en el lugar
más inhóspito y poco apropiado para una cita: en un hospital.

Le relaté la historia de un joven enfermero marroquí que se había enamorado
de una paciente, y tras haber descubierto a su alma gemela, descubrió que ésta
pronto iba a abandonarle. Así, comenzaron los dos a viajar hasta lo más profundo
de sus corazones contándose todo lo que jamás habían dicho: desde las tonterías
más estúpidas hasta los secretos más inconfesables. Cuando el final de su vida
ya estaba acercándose, la paciente le pidió al enfermero que conservara cada una
de esas palabras, de esos momentos, de esos recuerdos, para, de esa forma,
seguir más allá de la muerte a su lado, y acto seguido le pidió que acabara con
esa agonía y que desenchufara la máquina que la retenía a este mundo. Él,
ahogado en lágrimas, así lo hizo y antes de verla marchar le susurró:”Hasta
mañana”. Ella, feliz, le susurró: “No me olvides”.

Cuando terminé el relato, la miré y la descubrí llorando lágrimas perladas
que no había derramado en años. Se levantó de la silla que siempre ocupaba, vino
hasta mi cama y me besó. Esa noche dormimos juntos. La amé, me amó, mientras
ambos sentíamos el miedo que se siente cuando se sabe que lo más hermoso acaba
demasiado pronto. Al día siguiente, los médicos me avisaron de que al día
siguiente me iban a dar el alta: ya no podían poner más excusas para retenerme
allí, pero no hacían falta. Esa noche, cuando el policía que me vigilaba fue al
baño, Melinda y yo nos escapamos. Todas las enfermeras lloraban por nuestro
amor, todos sabían que el dolor tan sólo estaba al doblar la esquina, todos nos
habían cogido cariño y sabían que íbamos a sufrir, por eso nos ayudaron a huir.
Ella había empeorado, estaba muy débil, pero no quería abandonarme, no quería
perderme… El tiempo se agotaba demasiado rápido.

-¿Quieres casarte conmigo? –me preguntó sin vacilar cuando llegamos a
su casa.

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Estás delirando? –exclamé.

-Escúchame. Me has cuidado y me has querido mucho más de lo que nadie lo ha
hecho desde que me quedé huérfana. Nadie más que tú se merece mi herencia, lo
poco que tengo. Ésa sería mi manera de recompensarte por todo lo que me has
dado…

-No puedo aceptar…

-Si no lo haces, mis tíos se quedarán con todo y ellos no se lo merecen, en
cambio tú sí.

-Mírame. Bastarán que le digan a un juez que te persuadí en tu enfermedad
para que anulen el matrimonio. Además, no estoy en tu testamento.

-Esta mañana hablé con el notario. Lo mandé a llamar. Ahora trae a un cura.

Así lo hice, y tras asegurarle al padre Andrés que era un musulmán
converso, accedió a casarnos aunque no le hacía mucha gracia, pero por una
enferma en el final de su vida, él hubiera hecho cualquier cosa. Tras firmar lo
conveniente, quedó legalizado el matrimonio.

Melinda, tumbada en su cama, me cogió la mano con dulzura, me miró a
los ojos y me entregó un librito encuadernado en piel que guardaba debajo de su
almohada. Era su diario, páginas llenas de recuerdos.

-Ábrelo –me dijo. Levanté la tapa de cuero que me reveló la foto de una
niña inocente, hermosa como la luna, que sonreía abrazada a su madre. Lágrimas
silenciosas recorrían sus mejillas, era su forma de despedirse. Al igual que en
el cuento que le había contado, estaba entregándome su alma, sus recuerdos, sus
anécdotas más divertidas, los momentos más tristes…

Me contó cómo vivió la ausencia de su padre y lo duro que le resultaba
a ella llegar a clase el día de los padres y ver como todos sus compañeros
habían traído al suyo menos ella, que año tras año aseguraba que su padre era un
valiente de la patria. Me contó cómo lloró cuando vio por primera vez Titanic e
incluso lo bien que se lo pasó en las fiestas de su pueblo hacía dos años.

Cada vez le costaba más pronunciar una palabra, las fuerzas le
flaqueaban, la memoria le iba y le venía como olas en una marejada. El final se
acercaba y yo no podía hacer otra cosa que escuchar y llorar en silencio,
asentir y reconfortarla con mi presencia.

-Demos una vuelta. La noche es preciosa.-me pidió.

Así pues, la ayudé a incorporarse y caminamos por el pueblo, que dormía
ajeno a todo lo que nos estaba sucediendo. Caminamos por la plaza, guiados por
la luna llena, cuyo resplandor plateado nos iba señalando el camino. Casi sin
darme cuenta, Melinda perdió las fuerzas y cayó al suelo. Me di cuenta justo a
tiempo para agarrarla y amortiguar la caída.

-Prométeme una cosa.

-Qué…

-Que escribirás, que saldrás adelante y que volverás a ver a tu familia.
Que no descansarás hasta que eso pase. Mientras me recuerdes estaré contigo y
quiero estar allí para conocerlos. –me imploró cuando de sus ojos poco a poco se
iba desvaneciendo los restos de su conciencia.

-Te lo prometo. No descansaré. Volveremos a encontrarnos un día, Mel. –dije
agarrándole con fuerza su mano y besándosela.

Entonces fue cuando pude verla, a la muerte, había vuelto y ésta vez
para llevarse a la chica más maravillosa que había conocido nunca. Si las almas
gemelas existen, podía haber jurado que ella era la mía, y ahora me abandonaba.
Lloré como nunca lo había hecho: lloraba por ella, por Abdul, por mi madre, mi
padre, mis hermanos… por todos aquellos a los que había perdido durante el
camino.

-Hasta mañana –le dije entre lágrimas, con el corazón roto y con el
alma herida.

Feliz, plena, tranquila y valiente, ella entornó sus ojos esmeralda, con la
ternura del incesante brillo que habían cobrado durante esas semanas, a los
míos. Me besó por última vez para robarme el corazón y, una vez recostada, cerró
los ojos y con el último suspiro susurró:

-No me olvides.



José María Calixto Cáceres Primer Premio de relato corto organizado por la Asociación Juvenil José Frugoni Pérez.

09 junio 2008

Cuando me vaya - Melocos + Natalia Jiménez

Por aquí os dejo otra de esas cancioncillas que por muchas veces que las oigas nunca te cansas y siempre te hacen sacar algun sentimiento por pequeñito que sea del fondo de tu corazonzito.

Espero que, una vez más la disfruten.

Nunca pensé que llegaría

Nunca creí en ese momento

Te cambia la vida

Sin que tengas nada para seguirla...

Te cambia y no piensas

En lo que te olvidas

Y te despiertas un buen día

Lo ves todo al revés

Miras atrás ves tu camino

El que hicieron tus pies...

Y mandas besos para todos

Los que volverás a ver

Tantos recuerdos enlatados

En fotos de carné

En lágrimas de ayer

En todos los momentos que a tu lado Yo esperé...

Que cuando me vaya

No caiga una lágrima por mí

Que sólo quede la amistad...

Tantos sueños que recordar...

Que cuando me vaya

Y coja ese tren una vez más

Y ya no entre por mi ventana

Ese dulce olor a sal...

Que cuando me vaya...de aquí

De mi tierra, de mi gente

De mi tierra, la que me vió nacer

La que me vió crecer, la que me vió ganar

Y me enseñó a perder

02 junio 2008

Cruda realidad..

Muchas de las veces no sabemos apreciar aquello que tenemos. Andamos todo el dia quejándonos de que si no tengo eso, o que si quiero aquello, o que mala es mi vida, o simplemente de nuestra infelicidad.

Más cierto aún es que muchas veces no nos acordamos en donde vivimos, que este "pequeño" país está incluido entre aquellos que llamamos "desarrollados". Un país en donde nuestros hijos pueden ir todos los dias al colegio y formarse para ser personas, en donde quien más o quien menos tiene algo que hecharse a la boca todos los dias, y tiene un techo digno donde dormir.

Nos quejamos, nos quejamos y quejamos constantemente pensando solamente en nosotros sin hechar la vista hacia los demás.

No hace falta irse muy lejos para ver a gente en la calle pidiendo para poder sobrevivir, a familias enteras viviendo en un coche por no poder pagar un alquiler. El Instituto Nacional de estadística los situa en 22.900 personas contabilizadas de alrededor de los 44 millones de habitantes que tiene nuestra patria. Dentro de esta desgarradora cifra hay que añadir tambien un par de porcentajes:

-Un 25% de la gente que está en la calle ha sufrido abusos o maltratos infantiles.
-Otro 20% son expresidiarios.
-Un 25% tiene problemas de salud mental.
-Más de un 50% proviene de familias desestructuradas.
-Y, finalmente más de un 50% buscan trabajo para poder salir de esta situación.





Para ver:











Ya tirando la vista un poco más lejos nos encontramos otra cruda situación, la de aquellos inmigrantes que salen de sus paises, tirando su vida al mar o viajando a otro pais diferente para intentar que su familia allá donde las dejaron puedan vivir lo más dignamente posible.


Pero centrémosnos en los primeros, esos que, pagando bastante más de lo que pueden se lanzan al mar con sus hijos a cuestas en una insalubre barca, sin saber si quiera cómo será el fin de su camino, si llegarán a la ansiada tierra o si se los tragará el mar. En estas situaciones cuando día a día vemos las noticias de llegadas de pateras a nuestras costas, pensamos lo egositas que somos y cuan mal lo deben de estar pasando en sus paises para atreverse a hacer eso, pero a los cinco minutos cuando se nos pasan esa terribles imágenes nos olvidamos de ellas y de todos aquellos que lo han tenido que sufrir y seguimos con nuestras vidas....



Para recordar esta realidad nada mejor que un pequeño video:

Vidas de Altamar~> Natalia Palacios y Adolfo Peña










Y ustedes ¿qué opinan?